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Cuantas veces al hacer un trayecto recurrente se pasa por un punto intermedio que, incluso, propiciaba una parada técnica para repostar gasolina, ir al baño o quizá también comprar mantequilla dulce de Soria en la tienda de regalos, pero que siempre, inevitablemente, acababa con la coletilla «tenemos que venir una vez con más tiempo para visitar este lugar».
Tal es el caso del Itmad-ud-Daula, un pequeño mausoleo en mármol blanco con incrustaciones de colores en su decoración, predecesora del Taj, pero a la que se adelantó en casi medio siglo. Construido entre 1622 y 1628 representa la transición entre la primitiva arquitectura moghul que utilizaba arenisca roja y el nuevo periodo en el que prima el mármol blanco.

No fue hasta mediados siglo XIV cuando aparece la Casa de Medinaceli. Es el rey Enrique II de Castilla quien, tras la primera guerra civil castellana, quiso recompensar a doña Isabel de la Cerda y Pérez de Guzmán, único miembro superviviente del linaje de la Cerda que tanto había luchado por la Corona, casándola en 1370 con Bernardo de Foix, al que se le había nombrado conde de Medinaceli. A la muerte de su marido, doña Isabel se tituló condesa de Medinaceli por derecho propio. En 1479 los Reyes Católicos elevaron el condado a ducado de Medinaceli y en el año 1520 el rey Carlos I incorporó al título la distinción de Grandeza de España. Y aunque este es el título más utilizado por la familia hay que saber que el pedigrí de doña Isabel es incuestionable, pues entre sus antepasados se encuentra su bisabuelo el Infante Fernando de la Cerda, señor de El Puerto de Santa María, y su abuelo Guzmán el Bueno, fundador de la casa de Medina Sidónia.

Pasamos por la Colegiata de la Asunción de Nuestra Señora que se remonta al siglo XVI, cuando fue construida por orden de la familia Mendoza –ya se sabe de su parentesco con los de la Cerda, pues la princesa de Éboli, la tuerta más famosa de la Historia de España, era Ana de Mendoza y de la Cerda–. La levantó sobre una antigua iglesia románica dedicada a Santa María la Mayor que a su vez se asentaba sobre los restos de una antigua sinagoga o mezquita. A lo largo del tiempo sufrió varias modificaciones hasta que actualmente poderlo describir como gótico tardío.
Llegamos a la Plaza Mayor donde se encuentra el Ayuntamiento y una placa evoca los versos de Gerardo Diego:

Medinaceli
Ciudad del Cielo de Medina
diamantina
inviolable a las mesnadas
y a los ángeles abierta.
Ciudad dormida despierta
y abre tus alas plegadas
que tienes ancha la puerta

Muchos son los caserones nobiliarios que se distribuyen en la villa, pero sobre todo destaca el Palacio Ducal situado en plena Plaza Mayor. Los duques de Medinaceli poseían un privilegio único por el cual frente a su escudo no se podía oponer otro.
Esta concesión nos lleva a satisfacer una curiosidad madrileña: la residencia de la familia Medinaceli estaba en la Carrera de San Jerónimo, colindante a la iglesia del Cristo de Medinaceli, hasta el año 1910 en que el edificio se sustituyó por el hoy Hotel Palace, por esa razón, el Palacio de Villahermosa (hoy sede de Museo Thyssen-Bornemisza) tiene su fachada principal por la calle Zorrilla en lugar de por la Carrera de San Jerónimo.

Susana Ávila

Miembro de FEPET